La educación a la espera de una nueva ley

Fuente: Diario El Litoral

Después de años de deterioro y de falta de políticas de Estado, la educación argentina se encuentra hoy sumida en una de sus crisis más preocupantes. Huelga apuntar que ello se hace más que evidente tanto en el fracaso de aquellos que apuntan a ingresar a la universidad, así como también en los índices cada vez más alarmantes de adolescentes que no terminan el Polimodal. Ante esta realidad no se puede dejar de recordar con cierta nostalgia lo que la educación llegó a representar sobre finales del siglo XIX y principios del XX en nuestro país: pilar de una sociedad que se propuso ser inclusiva - y lo logró- y que se puede sintetizar en aquello de "m'hijo el dotor".
Pero hoy, ante el fenómeno de la globalización y el acelerado desarrollo científico y tecnológico, la carencia de políticas de mediano y largo plazo que han venido mostrando las distintas gestiones de gobierno ha acentuado las diferencias -y por ende la exclusión- en nuestra organización social y económica.
El conocimiento es actualmente un factor fundamental no sólo para el desarrollo, sino también para el logro de la igualdad y la equidad sociales. Y esto es algo que está fuera de toda discusión en el mundo. No obstante, nuestro país no parece haberlo comprendido así: las ideas que se impusieron desde mediados de los años ï70 y se consolidaron en los '90, lejos de cumplir su promesa de revertir el proceso de degradación, profundizaron las asimetrías y el Estado se desentendió de la educación como estrategia del desarrollo.
Hoy, con un contexto internacional favorable, el país ha logrado interesantes índices de crecimiento. Sin embargo, es preciso advertir que los indicadores no comportan un desarrollo manifiesto e inequívoco, y que el lento derrame no alcanza por ahora a revertir las inquietantes desigualdades.
Es hora de entender que una situación de esta naturaleza solamente se puede dar vuelta con más y mejor formación, con más y mejor apropiación del conocimiento. En síntesis, con más y mejor educación. Los países que tras una larga historia de guerras y penurias económicas decidieron apostar a la educación ganaron: son los que hoy llamamos `centrales'.

Es de esperar que la nueva Ley Nacional de Educación, que suplantará a la actual Ley Federal ("por sus frutos los conoceréis") que se impusiera en los '90 -aun cuando ya se sabía del fracaso de ese modelo en España- sea una herramienta válida para lograr el despegue definitivo de nuestro país y ver cumplidos los sueños de Sarmiento y Alberdi.
Para conseguir ese objetivo deberá ser un instrumento plural en cuya construcción participen todos los actores del sistema educativo, que atienda las singularidades sociales y económicas no sólo regionales, sino también barriales, para llegar con mayor calidad a los que más necesitan. Deberá ser intérprete de un real federalismo, donde no haya maestros de provincias pobres con sueldos miserables y otros, de provincias más ricas, con haberes un poco mejores. Deberá también poner la mira en el docente, en su capacitación y la jerarquización de su labor -cada día más compleja y acuciante-, sin desatender, obviamente, la cuestión salarial.

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